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La Naturaleza Radical del Deseo

“Y seréis como dioses” dijo la serpiente, todos conocemos el resto de la historia: Comieron del árbol del conocimiento, el “árbol del bien y del mal”, al ser descubiertos fueron expulsados del paraíso y nosotros, todos, salimos por piernas con ellos. El conocimiento bastó para que dejásemos de ser uno con la naturaleza.

 

Renunciamos a comer cuando sentíamos hambre y cocinamos nuestros alimentos, cambiamos el agua por el vino y la reproducción se volvió palabra, palabra de amor. El deseo fue hablado por aquellos animales que ya nunca pudieron serlo del todo, pero quedamos a medio camino, no hubo tiempo para comer del árbol de la vida eterna, fuimos expulsados antes de ser dioses. Permanecemos atrapados en el mundo material, con cuerpos que padecen hambre y frío, pero con espíritus deseantes, ávidos  de todo, de saber más. Nos convertimos en seres caídos de la gracia y le retornamos bosques caídos a los dioses.

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(Bosque caído) Henrik Håkansson, Fallen Forest, 2006. Courtesy the artist, Galleria Franco Noero, Turin, and The Modern Institute/ Toby Webster Ltd, Glasgow. Photo: Yann Revol)

El arte voltea de cuando en cuando hacia el paraíso perdido y nos pregunta si queríamos vivir allí, dentro de la naturaleza, o estar inmersos en ella,  pero a la vez totalmente expatriados como vivimos hoy. En los sesentas esa mirada hacia el origen se llamó ambiental art, earth art, arte povera; hoy se llama “Radical Nature”.

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Hilbertz's Autopia Ampere proyecto de isla que crecería en el Mediterráneo alojaría y alimentarya a medio millón de habitantes 

En la tierra están nuestras raíces, pero no en un puro sentido cronológico, es cierto que alguna vez el eslabón perdido corrió por la selva, pero en cuanto se llamó Adán, o Juan, da lo mismo, es decir en cuanto fue nombrado pudo nombrar su deseo y la naturaleza, celosa como Jehová, le cerró para siempre el pórtico del edén.

Fue la radicalidad del deseo dice la suma teológica, no fueron el hambre ni la belleza de los alimentos, sino la gula la que hizo que Eva pensara que Dios le había prohibido algo bueno. Dice Santo Tomás de Aquino que fue el deseo el que infundió el pecado original. “Sin embargo, no fue la bondad y belleza del alimento el primer motivo para pecar, sino la insinuación de la serpiente, que dijo (v.5): Se os abrirán los ojos y seréis como dioses. Al desear esto, la mujer incurrió en soberbia. Luego el pecado de gula se derivó del de soberbia.” Podemos leer a Sn. Agustín decirnos: “La mujer no hubiera dado oídos a la voz de la serpiente, llegando a creer que Dios le había prohibido una cosa útil, si en su mente no hubiera existido aquel deseo de propia excelencia y cierta soberbia presunción de sí misma.”

Si pedimos a nuestro lector que haga una pausa en su lectura, piense, se pregunte, imagine, pero prometa regresar después a la lectura: ¿qué le apetecería comer ahora, y luego con qué bebida le gustaría acompañar ese alimento? Lo más probable es que, aún sin haber sentido hambre antes de leer las últimas líneas, nuestro lector haya podido pensar en alguna colación que gustoso consumiría y se haya visto tentado de abandonar este texto para ir tras su deseo. Ningún otro animal de ninguna otra especie, pudiera haber sido seducido de esa manera, con palabras. Eso sucede así porque la palabra despierta deseo en nuestro ser, que si bien el hambre nos es biológica no sucede así con los antojos, esos son evidentemente simbólicos y por ello pueden suscitarse con palabras. Pero el antojo de Eva fue mucho más complicado que nuestro ejemplo de la colación, sucede que a ella se le antojó el conocimiento, quiso conocer el bien y el mal. Para esta reflexión no podemos olvidar el sentido bíblico de la palabra conocer, no significa haber visto, ni aún un saber que existe, para ello tomaremos las palabras de una mujer del nuevo testamento. María, durante la anunciación se le dice que será la madre del hijo de Dios, ella replica con una pregunta: ¿cómo sería aquello posible si ella no conocía varón? Por supuesto que no pensamos que ella no supiera de la existencia de los seres de sexo masculino en la humanidad, ni que tampoco hubiera visto un hombre al salir a la calle; el sentido de la palabra es más íntimo. No conocer varón habla de nunca haber alojado a un hombre en el interior de su cuerpo, es decir, era virgen. Ahora bien, volvamos a Eva, ella quería conocer el bien y el mal, llevar dentro de sí, tener el conocimiento que sólo los dioses tienen. Fue así que antes de comer el fruto ella ya había escuchado la oferta de la serpiente, llevar dentro de sí el bien y el mal. Deseó, y al desear más allá de lo que el buen Dios le brindaba ya había pecado, la mordida al fruto se convirtió en pura tramitología, ella ya llevaba el mal dentro de sí puesto que ya había visto su deseo.

Santo Tomás de Aquino nos habla de la sed epistémica: “El apetito de ciencia, en los primeros padres, fue efecto del desordenado apetito de excelencia. Por eso la serpiente dijo primero: seréis como dioses, y luego añadió: conocedores del bien y del mal.” La sed de conocimiento como nuestro mayor pecado, es decir, nuestro mayor deseo, nos garantizó que nunca volveríamos a nuestras raíces, tendríamos que dominar a la naturaleza para sobrevivir puesto que ya no viviríamos jamás con ella en aquella armonía total de antaño.

No pudiéramos haber hecho otra cosa que progresar y rapiñar la tierra, ya no nos estaba dada la armonía natural en la que vive la fiera. Durante mucho tiempo pasó desapercibido cómo arrancábamos los frutos al paraíso perdido. Nos adueñábamos del planeta sin ver que nuestros actos ya no sucedían como parte de un equilibrio, perdimos de vista que nuestro deseo destruía lo que quedaba del edén. Por que no había una puerta física que nos alejara de allí, era sólo que el conocimiento de nuestro deseo ya no nos permitía la concordia con la tierra. El paraíso seguía ahí, alrededor nuestro, pero nosotros, los seres humanos, los seres que deseaban conocimiento quedamos en la paradoja de estar inmersos y desterrados a un mismo tiempo.

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  Mark Dion Mobile Wilderness Unit, Wolf, 2006. Courtesy Georg Kargl Fine Arts, Vienna. Photo: Lisa Rastl 

En el último siglo nos hemos percatado de que, si bien para nosotros ya no hay posibilidades de volver a la naturaleza, sí necesitamos de ella. En ese ir arrancando los frutos hemos dañado a la tierra, está gravemente herida y el arte contemporáneo nos lo muestra. “Radical Nature, Arquitectura para un planeta cambiante” es la exposición en el Barbican de Londres que nos revela ante los restos del edén perdido; propone traer la tierra arrancada al destierro.

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  From the photo archive of the Centre for Land Use Interpretation, 1977. Photograph: CLUI archive

Nos muestra como nosotros los caídos hicimos caer a tierra la vida a nuestro paso, ángeles caídos, demonios de nuestro deseo que Lothar Baumgarten nos devuelve con alas de albatros.

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En un intento de reinsertar las raíces de lo natural socavado en lo urbano cotidiano. Radical Nature reúne los trabajos de los artistas que en lugar de cubrir la naturaleza con ciudades desearon reimplantar la naturaleza a lo urbano.

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  Agnes Denes. Wheatfield, A Confrontation, 1982.

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Esto no es una vuelta a la tierra pero sí un reconocimiento de que no podemos ser sin nuestro cuerpo y nuestro cuerpo no puede ser sin la tierra.  Pues en algún punto nos olvidamos que nunca comimos del árbol de la vida eterna. Nos creímos que bastaba el conocimiento para ser dioses, olvidamos que aún si no pudiéramos ser otra cosa que deseo encarnado nuestra carne sigue perteneciendo a la vida y a la tierra. Las mieles de la fantasía en la cual la tierra estaba a nuestro servicio se agotaron y Joseph Beuys nos entregó con su bomba de miel impulsada de margarina en un performance de 100 días la evidencia de ello.

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Joseph Beuys's Honigpumpe am Arbeitsplatz (Honey Pump at the Workplace), 1977

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  Joseph Beuys's Honigpumpe am Arbeitsplatz (Honey Pump at the Workplace), 1977
Photograph: Louisiana Museum of Modern Art, Denmark

“Radical Nature” recoge las más importantes manifestaciones del arte ambiental que ha venido interrogándonos desde los años sesenta hasta hoy, para hacernos presente nuestra materialidad. 

Sólo el arte es capaz de confrontarnos con la verdadera fragilidad de nuestro ser. El arte apunta siempre hacia el deseo, pero apunta hacía el deseo más primordial, al deseo puro que nos arrancó de raíz de la naturaleza e hizo radical el deseo. 

 

Visto 5625 veces Modificado por última vez en Domingo, 17 Julio 2011 02:19
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