
Lo que es posible es una imagen, una sutil esperanza del advenimiento de lo que pudiera ser, ahí donde cabe una posibilidad cabe una relación con algo.
El sujeto desesperado respira posibilidades, bebe y come de lo posible, lo posible está en la relación de la subjetividad con el mundo, no el mundo real, ese es imposible. Sino en la relación que se refleja sobre sí misma, la relación del Yo, una relación en relación a sí misma, ese es el espejo donde se reflejan las ilusiones, el espejismo en el desierto de lo real, ahí donde el cielo se contiene en la tierra, la más genuina ilusión según Benedetti: la ilusión de que se es uno mismo.
La posibilidad, la potencia que resguarda la impotencia, se manifiesta en los anhelos, y la impotencia se esconde en los deseos, se renuncia a los anhelos, en cuanto posibilidades, por que el deseo banaliza los anhelos, y si sobreviene la angustia ¡qué más da! ... es nada...
Me atrevo a decir que la posibilidad de cualquier cosa crea la necesidad de cualquier cosa, desde una manzana (de Adán por ejemplo) a un título académico.
El sujeto busca que lo que le es posible caiga, se caiga del árbol y toque sus pies. O bien, hace de aquello posible su necesidad, y con cierta regularidad se pasea buscando aquello que le parece posible, le da aliento para seguir viviendo, esto es una trampa, la trampa misma.
El que vive sin posibilidades -¿de qué? de lo que sea, incluso la muerte- desfallece, se queda sin aire, se vuelve sal.
La posibilidad, como propiedad, es necesaria, es el aire que respiramos.
¿Es que todo será posible? ¡No, por Dios no! precisamente por él es que No.