
Si las enfermedades existen, aún como entidades abstractas, sus efectos, sus últimas consecuencias encuentran su fin con la misma muerte. El suicidio, por ejemplo, es matar al objeto del que cae la sombra, es destruir lo que no fue posible hacerlo, el recuerdo, la fantasía, el sueño, el síntoma, constantemente punzante, constantemente doloroso, eso es estar "enfermo", vivir el deseo de muerte, quizás, sin poder morir.
Promesa de un fin, sin fin no hay movimiento, no hay meta. Si le cuestionamos al amante, después de la pérdida, e interpelamos a él:
"-para, te haces daño"...
"-precisamente porque no puedo dañarla, es que me hago daño"
La muerte es la esperanza; estar enfermo de melancolía es no poder matar al objeto, aquel recuerdo, aquella sombra que cae sobre el atribulado sujeto. La promesa, la fantasía, de que puede acabar, de que el malestar y el dolor puede un día dejar paso a la muerte, al fin, es lo que reconforta y posibilita conciliar el sueño más de una mala noche.
La última promesa es infalible, algún día llegará, en el árbol que aún no crece, en las vísceras, en la cabeza, en el automóvil, de donde venga, cuando venga.
Los psiquiatras llaman "Ideación o rumiación Suicida" a la última esperanza, a la muerte que se hace esperanza, al menos en la fantasía, en la posibilidad conciliadora que permite vivir, sabiendo que puede acabar el sufrimiento del alma... sabiendo que, es posible detener, aunque sea día a día o noche a noche, de a pocos, el mal-estar.